Bünker x La Pocilga: cuando la música se apaga pero la comunidad continúa...
Mi mood al sentarme a escribir esto es bastante diferente al que imaginaba cuando me planteaba hacer una crónica del evento que habían organizado como una unión y celebración de los valores de comunidad que se crean a través de la música. Dos colectivos de los que ya os he hablado en otras ocasiones.
Bünker y La Pocilga son como dos caras de la misma moneda. Nacieron con apenas unos meses de diferencia y los valores sobre los que se han construido son muy similares: la importancia de la comunidad, volver a poner el foco en el talento local y crear espacios de ocio seguros para todas las identidades.
Y pude sentir eso desde el momento en que crucé las puertas de Bünker.
Pero empecemos por el principio, porque la experiencia empieza mucho antes de entrar en el club. Empieza cogiendo ese tren que te lleva fuera de tu zona de confort. Mis sentidos, que se cansan rápido de más de lo mismo y necesitan estímulos nuevos, estaban a flor de piel.
El propio viaje hasta Mataró ya actúa como un pequeño filtro natural. Quien decide coger ese tren para ir hasta allí normalmente busca algo muy concreto. Algo único. Algo por lo que merece la pena hacer el viaje.
Tras andar unas pocas manzanas llegamos a Bünker. El lugar donde se celebra suele funcionar como discoteca de otros estilos, pero una vez al mes se viste de negro y acoge a una comunidad con valores muy claros: respeto, conexión y amor por la cultura underground a través de la música y la pista de baile.
Tengo que decir que el local me encantó desde el primer momento. Para mi gusto, la medida perfecta: ni demasiado grande para perderte entre multitudes ni tan pequeño que te sientas en una lata.
Todo estaba bañado por luces rojas vibrantes, pero manteniendo esa oscuridad que convierte la pista de baile en un espacio de introspección. En el centro, una barra ovalada que se abría prácticamente desde la entrada y se adentraba ligeramente en la pista. Todo estaba bien medido para que hubiera espacio para bailar y también para socializar sin molestar a quienes estaban dentro del ritual de la pista.
Había una terraza interior para tomar el aire y en los laterales sillones donde hablar o usar el móvil. Algo que encaja con uno de los principios básicos del proyecto: la pista es un lugar sagrado.
Desde el primer momento sentí algo parecido a un amor a primera vista con todo lo que me iba encontrando. El personal fue súper amable, atento y simpático. El público me pareció increíble: diverso, abierto y cercano.
Me encontré con muchísimas caras conocidas: algunas habituales, otras que hacía mucho que no veía. Pero también con muchas caras nuevas que acabarían siendo nuevos amigos. Para muchos de nosotros era la primera vez que visitábamos Bünker.
Llegamos cuando Genghis, la madre de La Pocilga, estaba a los mandos. No pude prestarle toda la atención que me habría gustado a la "madre cerda" porque estaba saludando a mucha gente y tratando de ubicarme en el espacio, algo que siempre necesito cuando llego a un sitio nuevo, y de lo que me arrepiento mucho, ya que luego pude hablar con ella y me pareció una mujer muy potente con la que valdría la pena tener una conversación más en profundidad en un futuro no muy lejano ;)
Una vez situada, me lancé al barro para calibrar uno de los puntos clave de cualquier club: el sonido y la temperatura de la pista.
Justo cuando empezó el set de Tensal me lancé a bailar y a explorarla. Poco a poco empezaba a sentir que ya estaba dentro del ritmo, que todos los que estábamos allí éramos una misma masa moviéndonos con el mismo latido.
En medio de ese ritual recién empezado decidí ir al guardarropa a por mis gafas de sol, para aislarme un poco más y fundirme con la música.
Mientras caminaba hacia allí vi varias siluetas entrando por la puerta entre la nube de humo. Llevaban cascos con linternas, la cara tapada y iban totalmente uniformados. Estos comenzaron a rodear la pista donde el público estaba bailando.
En un primer momento pensé que podía ser algún tipo de performance, algo un poco en plan Chimo Bayo. Pero la confusión duró poco.
Poco a poco se fue instalando primero una sensación de desconcierto, luego una tristeza enorme —por nosotros, por el público y por los organizadores que llevaban tanto tiempo preparando esa noche— y finalmente una amarga resignación.
No entraré en demasiados detalles, pero en cuestión de minutos la pista se vació de música, oscuridad y comunión, y se llenó de linternas, siluetas uniformadas con caras tapadas y preguntas sin respuesta.
Recuerdo a un chico bastante joven a mi lado mirándome desconcertado y diciendo: “¿Qué pasa? Si no estamos haciendo nada malo, solo estamos bailando”.
No conté cuántos agentes había, pero fácilmente podían rondar el centenar. A nivel personal tengo que decir que el trato fue correcto en todo momento, pero aun y así, el despliegue y la contundencia de la actuación nos dejó bastante impactados.
Durante un buen rato fuimos identificados uno por uno y después tuvimos que esperar fuera del local mientras continuaba la intervención. No pudimos coger nuestros abrigos ni pertenencias del guardarropa cuando salíamos tras identificarnos, así que estuvimos en la calle pasando frío 2 horas.
En la calle, el dispositivo parecía todavía mayor: varias calles cortadas y numerosos furgones policiales. No había visto nada igual, y llevo más 20 años yendo a todo tipo de eventos y festivales.
Más tarde supimos que la actuación formaba parte de una operación más amplia en la zona.
Para la mayoría de los que estábamos allí fue una experiencia difícil de entender. Dentro del club había unas 260 personas bailando tranquilamente, sin conflictos ni incidentes. El contraste entre lo que estaba ocurriendo dentro de la pista y lo que vimos después fuera generó una sensación de extraña vulnerabilidad entre muchos asistentes, que a pesar de todo se comportaron de modo ejemplar y no se dio ni un solo incidente durante lo que duro la actuación policial.
Mientras esperábamos en la calle, algunos todavía mantenían la esperanza de que todo terminara pronto y pudiéramos volver a entrar para continuar la fiesta donde la habíamos dejado. Desde mi punto de vista aquello ya parecía bastante improbable...
Tras días de digestión y reflexión tras lo acontecido, he llegado a esta conclusión: Colectivos como Bünker o La Pocilga trabajan precisamente para crear espacios de ocio seguros, inclusivos y respetuosos. Son lugares donde muchas personas encuentran en ellos una forma de comunidad y de libertad dentro de la pista de baile que no encuentran en otros lugares, y es fundamental protegerlos. Cuando un espacio así se ve interrumpido de esta forma tan abrupta sin razón aparente, lo que queda es una sensación de indefensión difícil de explicar para quienes estábamos allí.
No fue la noche que habíamos imaginado, ni tampoco esta es la crónica que pensaba escribir. Pero si algo me llevo de esa noche es haber podido comprobar, aunque solo fuera durante unas pocas horas, que todo aquello que intuía sobre Bünker era real.
La gente que estaba allí no había ido solo a una fiesta. Había ido a formar parte de algo más grande. Y eso, incluso cuando la música se apaga antes de tiempo, sigue teniendo un gran valor.